lunes, 6 de diciembre de 2010

Canto de Sirena (parte 4) Canto de adiós

Nota: Dedicado a JAMEs,  por que Gabriel se queda corto a tu lado. Si algún día lees esto... mmm.... lo pensaré si es que pasa.
Silbar a través de los callejones de Paris hubiera sido una experiencia más gratificante en otras circunstancias, quizás si salíamos de esta podría disfrutar de esta visión aérea como es debido. Uno de nuestros perseguidores apareció delante de mí. Me dirigí hacia él soplando fuertemente y girando a su alrededor con el fin de envolverlo en una nube de polvo. La fuerza que proyecté lo lanzo en contra de uno de los ventanales de la residencia cercana. Perdió el conocimiento.  
Sobre mi cuello sentí el frio tacto de unos dedos. Debían de ser de Daniel. Pese a ser parte de la naturaleza como efecto de mi sybile, aún podía percibir las sensaciones de mi cuerpo. Los fríos dedos llegaron hasta mi nuca y repasaron la inscripción en griego προβολή, que significaba “proyección”.
Admito que si no hubiera sido por Delfos, el oráculo con el sybile para ver el futuro próximo, yo nunca hubiera comprendido la magnitud del poder que encerraban mis inscripciones. Gracias a aquel oráculo había entendido que la palabra que los oráculos tenemos tatuada  representa todas las ramificaciones de su significado, es decir, que todo lo que implicara esa palabra ya fuese en un plano real o etéreo era posible para nosotros.
Desde que adquirí ese conocimiento había pasado de proyectar mis pensamientos en imágenes ilusorias a proyectar mi alma fuera de mi cuerpo en forma de potencias naturales. No sin cierta práctica cabe mencionar.
Un par de nautas vigilaban una pequeña plaza. Uno mantenía un arco tensado sobre la fuente central y el otro sostenía el mango de su espada aún guardada en su funda. Me acerqué hacia la fuente y deje que mi esencia entrara en unión con el agua. La liviandad y velocidad, equiparable al del pensamiento, del aire se vio remplazada por la pesadez y fluidez del agua dentro de aquella fuente.
Haciendo gran uso de concentración permití que mi actual consistencia se volatizara, creando una ligera niebla que gradualmente se espesó.
        ¿De donde viene esta maldita niebla? – preguntó el nauta más alejado de la fuente desenvainando su espada.
El segundo nauta se encogió de hombros. Pronto la visibilidad se hizo imposible. Lentamente formando pequeños hilos de líquido subí por la piedra que formaba mi recipiente y alcance las piernas del joven. Al parecer la adrenalina en su sistema por su vulnerabilidad visual le impidió sentir el agua recorrer su piel. Al llegar a su cabeza me enrosque en su garganta y comencé a estrangularlo. Instintivamente llevó sus manos hacia el anillo de agua que le cortaba la respiración, soltando el arco, mientras exhalaba frenéticamente tratando de gritar.
El sonido hueco del arco y la flecha férrea al caer alertaron al segundo nauta y sus pasos atropellados me avisaron de su proximidad. La falta de oxígeno hizo desvanecerse al primer nauta y calló dentro de la fuente. Solo me faltaba uno. Sin ser tan sigiloso como antes arremoliné el vapor de agua en el hombre provocándole un ataque de tos y una sensación de pesadez.
Lo dirigí rápidamente hacia la fuente y, como el mar se retrae en la costa llevándose la arena, el agua arremetió contra el pobre individuo, que inútilmente blandía su espada en todas direcciones, arrastrándolo hacia el interior de la poza. Me introduje en sus pulmones sacando cualquier rastro de aire. Al salir del agua y retomar al viento como mi corporeidad ambos cuerpos permanecieron en el fondo.
De repente la sensación de ser arrastrado proveniente de mi cuerpo me sorprendió, la única razón por la cual Daniel hubiera decidido moverse de aquel escondite era que lo hubieran descubierto. Emprendí el camino hacia donde le había encomendado mi cuerpo para poder salir de él.
A Daniel lo conocía desde hacía cinco años. De todos los oráculos con los que alguna vez me había topado él poseía uno de los sybile con más potencial para explotar; Προστασία, la protección.   No obstante, aunque no me lo habia revelado, Daniel era un Pitia y eso podía causarle problemas con el dominio y desarrollo de su sybile.
 Dos calles hacia el sur de la ciudad del punto donde lo había dejado, encontré a Daniel en un callejón cerrado delante de mi cuerpo con los brazos extendidos. Tres nautas arremetieron en contra de mi joven amigo. Sin embargo aquel trió no pudo hacerle daño a Daniel, las flechas y las espadas se topaban con una barrera invisible a centímetros de su persona.
Buscando ayudar a Daniel me introduje en la esencia de la tierra bajo las baldosas del callejón agrietando con un gran estruendo el suelo y las paredes próximas. El sobresalto se expandió por el rostro de los encapuchados. Asiendo uso de los fragmentos de las baldosas forme una silueta humanoide y arremetí contra ellos.
En poco tiempo los tres hombres quedaron inconscientes delante de mí. El rostro de Daniel se adornó de una amplia sonrisa y se bajó los brazos en señal de cansancio. Si hubiera tenido facciones aquel rostro terreo hubiera imitado su gesto.
Me determiné a retomar mi cuerpo pero al desmoronar mi actual estructura sentí una carga de tensión en el ambiente notable. Solo una entidad podía originar aquel cambio tan radical y estaba seguro de que dos oráculos como nosotros no podríamos salir vivos de esta. Traté de voltear a ver  Daniel para hacerle alguna señal de que tuviera cuidado y que utilizara el poder de la inscripción sobre su pecho pero una gran fuerza estalló mi cuerpo de roca y expulso mi anima hacia el viento.
Entré en mi cuerpo lo más rápidamente que pude e incorporándome tomé de los hombros a Daniel para obtener su atención.
        Huye Daniel – mi voz sonaba quebrada – los distraeré lo más posible asi que huye.
        Pero… – se encontraba confundido y consternado – ¿Qué está pasando?
        Sólo vete – lo zarandé – prométeme que obedecerás.
Los azules ojos de Daniel se humedecieron mientras hacia la promesa. Temía no volverlo a ver y lo abracé fuertemente siendo esta la última vez que podría hacerlo.
        Confía en mí.
Fueron las últimas palabras que pude decirle puesto que un vendaval de nautas apareció con la misma velocidad que las ratas aparecen al caer un mendrugo de pan. Abandoné mi cuerpo nuevamente y me posesione de las paredes detrás de nosotros. La tierra volvió a retumbar distrayendo a los nautas. Daniel sostenía mi cuerpo fuertemente mientras sus lágrimas humedecían mi ropa. Retraje los ladrillos de la pared creando una especie de entrada en el edificio. Daniel besó mi mejilla y susurró una despedida en mi oído. Desapareció dentro de aquel boquete y lo sellé.  
        Sabio de tu parte salvar a ese Pitia, pero ¿realmente crees que podrá huir de mí Gabriel? ¿O prefieres tu verdadero nombre, Galen?
De entre la multitud una silueta femenina surgió cubierta por una túnica inmaculada. Calíope no había cambiado en lo más mínimo en estos siglos. Una sonrisa surcó su cara y la fuerza de la musa impactó contra mí.
Desperté sobresaltado. El sudor helado recorría mi frente y espalda. El aire quemaba mis pulmones por la velocidad con la que respiraba. Dejé que mi ritmo cardiaco regresara a la normalidad lentamente. Nuevamente no sabía si era demasiado tarde o muy temprano. El dolor en mis muñecas por los grilletes me recordó donde estaba. Una celda destinada a esperar que mi voluntad se quebrara y accediera a entregar mi sybile.
Leocadio, el oráculo de la celda siguiente, alumbró el lugar con la palma de sus manos y me preguntó si todo estaba bien. Lo tranquilicé con una respuesta vana y volví a recostarme en el duro suelo. La luz se desvaneció.
Lo único que me mantenía con cordura era aquella sensación que me habían provocado los labios de Daniel y sus últimas palabras antes de partir. Te amo.
  

Cantos de siren (parte 3) Canto de Dudas

Los gritos de sorpresa impregnan el aire a nuestra espalda mientras las veloces aves atacan a nuestros perseguidores. Melenea había descubierto una habilidad antigua de las sirenas que muy pocas aún poseían. La lengua ancestral de las aves. Achlys no conocía aquel dialecto. Quizás ahora, como mencionan los mortales, el alumno superaba al maestro.
Un séquito de aves, en el que reconocí cuatro guacamayas, una cacatúa y un sinnúmero de periquitos australianos, nos cubrían en una nube multicolor mientras tratábamos de llegar a mi departamento. La idea de Melenea de confundirnos en una parvada merecía su mérito. En unos minutos el familiar edificio anaranjado de balcones rebosantes de vegetación y grandes ventanales apareció frente a nosotros. Descendimos en la terraza y dando un respiro nos dejamos caer al suelo. La adrenalina aún recorría mi cuerpo y estaba seguro de que mis amigas sentían lo mismo. Las incontables aves se distribuyeron entre las plantas y el juego de mesa y sillas con sombrilla que usaba en verano para asolearme.
Una de las guacamayas chilló mientras se tambaleaba en el respaldo de una silla. Al mirar sus ojos detenidamente me pareció notar aquel brillo intelectual del ser humano.
        Dice que se quedarán para asegurarse de que estamos bien y que… – la mirada de Melenea se enfocó en mí ­– es de mala educación ver detenidamente a los ojos a alguien sin su consentimiento.
Los tres nos reímos. La guacamaya nos dio la espalda indignada. Mantener el buen humor en cualquier situación era una de mis reglas doradas. Me incorporé limpiándome los pantalones y arreglándome la camiseta.
        Ahora declaro oficialmente abierta nuestra reunión para decidir si nos quedamos o nos vamos a otro continente – dije abriendo la puerta deslizable para que entraran. Junto con ellas algunas aves que no conocía también entraron.
Dejé la puerta abierta por si alguien más deseaba entrar. Ambas tomaron asiento en el sofá central y yo fui por algo de beber. No sabía ellas pero yo tenía una sed que me podría acabar el lago de Chapultepec (siempre y cuando purificaran el agua que contenía). Llevando una jarra con agua de naranja del día anterior y tres vasos sonó el timbre. El sonido me sobresaltó y en un intento de no tirar el agua se me calló uno de los vasos. Estalló en el piso de azulejo. El timbre volvió a sonar.
Achlys se me acercó para ayudarme con mi carga llevándola a la mesa de centro. Sin pensarlo mucho abrí la puerta. Antes de procesar quien estaba enfrente una pregunta atropellada surgió de los labios del individuo:
        ¿Está todo bien, Daniel? Oí que algo de cristal se rompía
Los cambiantes ojos de Cristian me intimidaron. Su extraordinario parecido con Gabriel seguía sorprendiéndome y no de manera grata.
        Eh… hola Cristian… – comencé a ponerme nervioso – todo está bien – pese a mi respuesta trató de vislumbrar el interior de mi hogar para corroborar mis palabras.
        ¿Estás seguro? – salí del departamento cerrando la puerta tras de mí.
        Completamente – Su seño me mostró su poco convencimiento en mis palabras.
Debo de admitir que Cristian era bastante apuesto para ser un mortal cualquiera. Tenía una melena ondulada castaña, labios delgados, nariz recta, barbilla cuadrada y unos ojos que se disputaban entre ser avellana, azules o grises. Este último rasgo, cabe destacar, era lo único que diferenciaba su rostro del de Gabriel puesto que los suyos eran azul ultramar. Como extrañaba a Gabriel.
Sabía que si continuaba divagando en aquel nombre al que le atribuía más valor que sentido me desmoronaría de un momento a otro y eso no me lo podía permitir. Me había prometido desde que se llevaron a Gabriel que jamás volvería a mostrarme débil frente a nadie. Decidí enfocarme en el presente.
        Y… ¿qué te trae a mi puerta? – el semblante de mi atractivo vecino palideció.
        Bueno… pues yo… – metió sus manos en los bolsillos de su pantalón – venía a verte… y a preguntarte…  
        ¿Sí? – lo incité a seguir.
Sabía muy bien a qué había venido, de todos mis aprendizajes durante el último par de siglos el tono de una declaración no había cambiada en absoluto. El tiempo también me enseñó que la única razón por la que atraía a los mortales era el magnetismo de mi sybile. Quizás esa era una de las razones por las que no quería traspasarlo, no quería que se acabara el constate cortejo.
        Si… – hizo una pausa dando una larga inhalación – ¡¿Te gustaría salir conmigo?! – soltó casi gritando.
        Pues… – su rostro enrojecido y sus párpados fuertemente cerrados me hicieron sonreír. Deje pasar algunos segundos para aumentar la tensión. Me encanta el drama.
Sin embargo antes de poder responderle una oscura silueta surgió del fondo del pasillo, de la escalera de servicio para ser exactos, y sin perder tiempo nos apuntó con su ballesta. Presionó el gatillo. Dejé fluir la energía que se contenía en mi pecho a través de mis brazos.
Reaccioné muy tarde. Ambas flechas superaron mis reflejos y habían impactado en Cristian. Su grito se expandió por todo el edificio. Calló. Todo pareció detenerse. Y sin poder evitarlo los recuerdos se abrieron paso en mis retinas.
Sostenía el cuerpo inerte de Gabriel. Sus facciones eran serenas y la inscripción de su sybile sobre su nuca, donde se leía Προβολή, resplandecía con intensidad…

martes, 16 de noviembre de 2010

Cantos de Sirena (parte 2) Canto de identidad

Las bellas edificaciones cristalinas en el horizonte que reflejaban la luz del alba no pudieron distraerme del terror que recorría mi cuerpo. La actuación de seguridad al lado de Daniel me salió muy bien pero no me había podido engañar a mí misma. El temor de ser perseguida no había cambiado en nada durante estos siglos. Peor aún, ahora era mayor. El que nuestro canto no tuviera efecto sobre los nautas nos dejaba sin nuestra mayor defensa, sin contar a Daniel por supuesto.
Pese a estar a varios kilómetros de distancia del Centro Histórico aun me sentía insegura. Achlys, la sirena más fuerte y poderosa que conocía, hubiera muerto esta noche si no es por la intervención de nuestro amigo.  ¿En qué posición me dejaba esto a mí? Quinientos años de experiencia aproximadamente me separaban de mi compañera y por lo mismo mis habilidades eran poco en comparación. ¿Realmente esperaba poder sobrevivir a otra huida?
        ¡Mel! – la voz de Daniel me saco de mi torbellino de dudas.
Dirigí mi mirada hacia la espalda de Achlys donde él se encontraba.
        ¡Tenemos que descender, la luz nos deja a la vista de cualquiera! – gritó.
Con aquella aseveración me di cuenta de que la imagen de dos sirenas sobre Santa Fe crearía un gran escándalo y eso le facilitaría al nauta el encontrarnos. Achlys se lanzo en picada hacia un centro comercial cercano con una asombrosa velocidad que me hizo perderla de vista. Trate de igualar la rapidez de descenso pero me fue imposible; aún no dominaba del todo la densidad del aire.
Al darles alcance los encontré sobre una amplia terraza haciéndome señas. No importaba cuanto me esforzara, aquella sirena siempre estaba por delante de mí en cualquier ámbito. Planeé junto a ellos y retome mi forma humana al tocar el suelo de mármol. Antes de darme tiempo a nada, Daniel me tomo del brazo y me llevo hacia la puerta de acceso a lo que, parecía, era la zona de comida rápida. Trato de abrirla pero esta se resistió; tenía cuatro seguros por dentro.
        Achlys, ¿nos harías el favor? – dijo con una amplia sonrisa casi burlona haciendo una reverencia con su brazo libre.
        ¿Algo más que desees?– preguntó sarcástica mientras se acercaba a la puerta y dejaba salir de sus labios su melodía.
        Pues ahora que lo mencionas, si quiero algo más. La ronda de bebidas que me debes – el oráculo soltó una carcajada.
Me parecía incomprensible como podían estar tan calmados ante los sucesos que habían ocurrido hace menos de una hora. El solo recuerdo de aquel uniformado negro me daba escalofríos.
Tras la transparente superficie una silueta humanoide se aproximaba a la puerta. Tardé un poco en entender que sucedía; el mortal se encontraba poseído por el canto de Achlys. El robusto hombre saco de uno de sus bolsillos unas llaves y una a una fue abriendo las cerraduras.  
Entramos, tras dormir al humano, y nos encaminamos hacia el barandal frente a nosotros. El centro comercial consistía en tres niveles de gran longitud bordeado de miles de tiendas de ropa, zapatos y tiendas departamentales. En todo el lugar identifique el palpitar de doce personas. Daniel nos tomo a ambas de la mano.
        Ya que estamos aquí vamos a aprovechar que no hay nadie  
Llegamos a las escaleras eléctricas, las cuales tuvimos que bajar de la forma tradicional ya que no estaban en funcionamiento. Nos detuvimos en algunos aparadores a ver los productos en exhibición y antes de retirarnos de uno que mostraba maniquís con vestidos de noche un fuerte tirón me hizo caer al suelo. El aparador estallo estridentemente dejando caer una lluvia de cristales sobre nosotros.
Levante la vista hacia arriba y me encontré con un nauta que preparaba dos flechas en su ballesta desde el piso superior. Daniel alzó los brazos hacia enfrente con las palmas extendidas en dirección de nuestro atacante y el familiar manto acuoso nos rodeo en semicírculo. Achlys me ayudó a incorporarme y me ordenó transfigurarme. Algunos pasos y exclamaciones se oían a lo lejos.
        Vallamos a mi departamento– susurró Daniel – a la cuenta de tres nos vamos por el pasillo izquierdo y salimos por las puertas de Fabricas de Francia ¿ok? –.
 El plan pareció factible hasta la cuanta de dos puesto que dos nautas nos cercaron ambos pasillos. Aquel trío no dejaba de dispararnos pese a darse cuenta de que las flechas no atravesarían la protección de Daniel.
        Plan B – se encogió de hombros.
        Haz lo que yo haga – me indicó Achlys.
E inhalando profundamente de su garganta liberó un grito atronador y agudo. La armonía estridente de aquel grito llevó a los nautas a soltar sus armas y a taparse los oídos. Y sin perder tiempo trate de secundar aquel truco vocal que nos podía salvar la vida.
La infraestructura explotó al ser casi en su totalidad de vidrio; los mosaicos, que adornaban los pasillos, se agrietaron periódicamente; los mostradores de madera fueron tronando lentamente hasta astillarse por completo y el metálico sostén del edificio protestó con incesantes chasquidos. No perdimos tiempo. Tomando cada una de los hombros a nuestro salvador alzamos vuelo. Hice lo posible por apoyar a mi compañera con la densidad del viento pero aún así sentí que nos faltaba velocidad.
De pronto una gran fuerza nos arrebato a Daniel de las garras y nos obligo a detenernos en seco. De alguna forma un cuarto nauta había saltado sobre nosotras desde los restos del techo logrando aferrarse a los tobillos de Daniel.
        ¡Vete, yo me encargo de este nauta, te vemos donde acordamos! – gritó con frustración Achlys a la vez que se lanzaba en picada donde ambos chicos se disputaban entre los escombros.
Intenté seguir el camino original pero los pasos acelerados de tres sujetos hacia el punto donde estaban mis amigos llegaron a mis tímpanos. No obstante no sabía qué hacer; quizás solo serviría de estorbo si regresaba o tal vez serian capturados por no haberlos ayudado. Sentí como las dudas y posibles escenarios me calcinaban la mente y me estrujaban el pecho. Todo estaba pasando tan de prisa. ¿Qué debía de hacer?
        ¿Cómo salimos de esta? – la pregunta de la sirena viajó por el aire hasta mí y fue suficiente para tomar una decisión.
Esperaba que mis recuerdos de este lugar no me traicionaran ahora y que el escudo oracular pudiera retener el ataque de los encapuchados. Cerca de donde estaba, en el primer piso, encontré el establecimiento que buscaba. La tienda de mascotas o al menos lo que quedaba de ella.
Al ser la protección de la entrada una reja de metal la mayoría de los animales se encontraban dentro haciendo un gran barullo. Con mis patas aprisione los barrotes de la reja y jale con todas mis fuerzas para abrirla. Tras varios intentos la cortina metálica por fin se desprendió. Los animales cautivos salieron en todas direcciones; no importaba. Necesitaba la ayuda de seres más inteligentes y con los cuales podía comunicarme. Me obligue a tener confianza por una vez y extrañamente supe que lo lograría. Canté con ahínco en la lengua madre de todas las aves y estas, saliendo de entre los restos de la tienda, se reunieron a mí alrededor creando un mar de plumas multicolor respondiendo con sus diversas melodías a mi llamado.
Una descarga de energía y libertad embargó mi ser. Ahora entendía la magnitud de mi poder y mi tiempo. Esto era ser una sirena.
En un coro que sabía, era el más bello del mundo, me enfrente a mis miedos y volé a salvar a mis amigos.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Cantos de Sirena (parte 1) Canto de huida.

Todos se agitan rítmicamente de un lado a otro. La música electrónica llena el ambiente. Varios chicos me han invitado a bailar y aún así, siento cierto vacío en el antro: Queer Queen es uno de los establecimientos más prestigiosos de la Zona Rosa. Al menos para la comunidad gay.
        ¿Vas a quedarte ahí toda la noche? –  me preguntó Daniel.
        Es lo más factible –  respondí con desgana.
El acompañar a Daniel en sus aventuras por escandalosos bares por toda la ciudad es algo que, en condiciones normales, no hago. Sin embargo hoy es diferente.  Antes del amanecer, Josué, el mejor amigo mortal de Daniel, murió tras una complicación postoperatoria. Por esa razón Melanea y yo lo acompañábamos por enésima vez  en una de sus noches de luto.
Desde las seis de la tarde hemos estado saltando de antro en antro sin un rumbo fijo. Daniel siempre ha dejado claro que durante este tipo de noches  su propósito es ponerse ebrio, y, si tiene suerte, conseguir un ligue pasajero. Anteriormente nos habíamos preocupado por las consecuencias de este libertinaje, pero después del quinto mortal,  que por su muerte, decidía hundir su dolor en diversión y sexo, la preocupación se había esfumado. Muy pronto encontraría a otro chico a quien considerar su mejor amigo y su actual miseria sería otro recuerdo lejano.
Tras suplicarme con esa cara, a la que sabe que no le puedo decir que no, accedí a bailar. Pasó aproximadamente una hora, en la que nos movimos al son de las canciones, para que Melanea convenciera a nuestro amigo de cambiar de aire.
Los tres salimos del bar rumbo a la calle Madero. Según facebook se había abierto un nuevo bar llamado El portal.
Tratamos de apresurarnos a llegar al estacionamiento ya que, según Daniel, todavía era temprano y apenas estaba mareado. En un humano, posiblemente, treinta y siete martinis y veinte vodkas podrían provocarle un coma etílico, pero en uno de nosotros apenas si nos dejaba el aliento a alcohol. No era para menos, tres mil años de vida como mínimo, nos habían hecho más resistentes a diversas sustancias.
Al subir al auto de Melanea la brisa marina nos inundó los pulmones. Se notaba que era demasiado joven para cubrir por completo las huellas que la podían delatar, aún así le estaba agradecida por recordarme mi hogar. Como extraño el vivir en la costa. La plática durante el viaje fue banal pero curiosamente relajante. No tardamos mucho en llegar a nuestro destino.
La entrada hacía honor a su nombre. Una gran puerta circular de diseño futurista daba la idea de ser alguna especie de máquina del tiempo. Daniel tomó del brazo a Melenea y se propusieron entrar mientras que yo me quedé atrás.
        ¿No vienes? – me preguntaron casi al unisonó.
Negué con la cabeza. Me encontraba fastidiada, además al día siguiente tenía que ir a trabajar al museo en una visita guiada con niños de primaria. Daniel hizo una mueca de disgusto y mi compañera me despidió agitando su brazo libre. Les sonreí.
El ondear de las banderas de un hotel cercano, el claxon de algún auto perdido en el Zócalo, el constante golpeteo de unos pasos sobre la acera y la conversación de una joven por su celular eran los sonidos más próximos que pude captar. Por el castañeo de los dientes de un pordiosero que abrazaba su abrigo fuertemente, supe que hacía frío. La verdad ya no recordaba lo que era esa sensación.
Observando su postura y su ceño sentí que debía de ayudarle o al menos brindarle calma. Me acerque a aquel hombre y comencé a cantarle mientras me sentaba a un par de metros de él. Hacía mucho que no usaba mi voz para afectar a un ser humano. Con el fluir de las notas de mi garganta su temblor se fue disipando al mismo tiempo que sus párpados lo inducían a un descanso ilusorio. Instintivamente callé.
Uno de los sonidos, aquellos pasos en específico, no estaban bien. Trataban de acercarse sigilosamente. Agudicé el oído. La cantidad de aire que entraba a sus pulmones me hizo identificarlo como un hombre no mayor de los veinticinco años; el mínimo sonido entre sus parpados me demostró que miraba fijamente y las ondas sonoras que evocaban fricción me llevaron a la conclusión de que sostenía algo metálico.
De pronto los pasos cesaron sin razón aparente. ¿Qué había pasado? Las risas de una pareja de mediana edad me sacaron de mi concentración. Por un momento quise creer que me había imaginado todas aquellas resonancias, pero mi débil explicación se desvaneció al oír en la cuadra próxima la voz de mi perseguidor.
        En cuanto pasen estos idiotas, serás mía, sirena
No sabía si su intención fue el que lo escuchara o sólo le había dado la connotación de segunda persona para aumentar el drama en su propia mente. No me quedé a averiguarlo. En cuanto los dos mortales pasaron por mi lado me levanté y eché a correr con la mayor velocidad de la que era capaz. La inhalación abrupta en el pecho de aquel nauta me informó que lo había tomado por sorpresa. Sólo cinco pasos fueron suficientes para tomar velocidad y saltar al aire.
Mis brazos se extendieron mientras los poros de mi cuerpo daban paso a las pardas plumas. Mis cuerdas vocales se afinaron de una forma antinatural en el mundo humano. Las articulaciones de mis piernas se invirtieron entre fuertes chasquidos y los dedos de mis pies se volvieron garras aviares. El roce del viento me hizo recordar que en esta forma estaba completa, que ahora me sentía yo misma.
Agité enérgicamente mis extremidades para llegar a una mayor altura. La carrera del nauta llegó a mis tímpanos. Tenía que ser más veloz si quería salvar mi vida, desde Londres tenia la experiencia de que  cuando te transfigurabas los nautas comenzaban a disparar una lluvia de flechas de hierro.
Me faltaba poco para llegar a la punta de la torre latinoamericana cuando un par de flechas me sorprendieron a mi costado derecho. No las había podido oír con normalidad. Tal parecía que se habían dedicado a mejorar sus armas en los quinientos años que separaban mi último encuentro con un nauta de la actualidad.
Giré en el aire para poder ver de frente la calle. La silueta se movía rápidamente para darme alcance. Tomé todo el aire que me permitían mis pulmones y canté fuertemente tratando de entrar en su mente y disuadirlo de sus intenciones. Las ventanas de la calle vibraron con mis notas y el viento se arremolino sobre el obscuro encapuchado.
Sin embargo, fuera de un pequeño tambaleo de su parte y de que pareció desorientarse por un momento, no ocurrió nada de lo que debía pasar. Me sentí vulnerable ante mi futuro homicida. No era posible que aquel nauta fuera resistente a mi canción. ¿Qué estaba pasando?
En mi desconcierto, el descendiente de navegantes apunto nuevamente su ballesta y disparó. Traté de elevarme pero algo me dijo en mi interior que no podría escapar. Había reaccionado muy lentamente. Cerré los ojos.
Un sonido electrizante retumbó delante de mí. Abrí lo ojos y me encontré con un manto casi acuoso que mantenía suspendidos ambos dardos detrás de su superficie.
        Un gracias será suficiente – se burló Daniel.
Lo busqué con la mirada. Daniel mantenía su brazo derecho extendido en mi dirección y el otro sostenía un vaso de extraños colores con hielo. A su lado, completamente transformada, me saludaba Melenea. Ambos ocupaban el lugar de honor del mirador de la torre latinoamericana.
        Recuerda que me debes una ronda – y aquel risueño oráculo se terminó de un solo trago la extraña bebida fluorescente.