martes, 16 de noviembre de 2010

Cantos de Sirena (parte 2) Canto de identidad

Las bellas edificaciones cristalinas en el horizonte que reflejaban la luz del alba no pudieron distraerme del terror que recorría mi cuerpo. La actuación de seguridad al lado de Daniel me salió muy bien pero no me había podido engañar a mí misma. El temor de ser perseguida no había cambiado en nada durante estos siglos. Peor aún, ahora era mayor. El que nuestro canto no tuviera efecto sobre los nautas nos dejaba sin nuestra mayor defensa, sin contar a Daniel por supuesto.
Pese a estar a varios kilómetros de distancia del Centro Histórico aun me sentía insegura. Achlys, la sirena más fuerte y poderosa que conocía, hubiera muerto esta noche si no es por la intervención de nuestro amigo.  ¿En qué posición me dejaba esto a mí? Quinientos años de experiencia aproximadamente me separaban de mi compañera y por lo mismo mis habilidades eran poco en comparación. ¿Realmente esperaba poder sobrevivir a otra huida?
        ¡Mel! – la voz de Daniel me saco de mi torbellino de dudas.
Dirigí mi mirada hacia la espalda de Achlys donde él se encontraba.
        ¡Tenemos que descender, la luz nos deja a la vista de cualquiera! – gritó.
Con aquella aseveración me di cuenta de que la imagen de dos sirenas sobre Santa Fe crearía un gran escándalo y eso le facilitaría al nauta el encontrarnos. Achlys se lanzo en picada hacia un centro comercial cercano con una asombrosa velocidad que me hizo perderla de vista. Trate de igualar la rapidez de descenso pero me fue imposible; aún no dominaba del todo la densidad del aire.
Al darles alcance los encontré sobre una amplia terraza haciéndome señas. No importaba cuanto me esforzara, aquella sirena siempre estaba por delante de mí en cualquier ámbito. Planeé junto a ellos y retome mi forma humana al tocar el suelo de mármol. Antes de darme tiempo a nada, Daniel me tomo del brazo y me llevo hacia la puerta de acceso a lo que, parecía, era la zona de comida rápida. Trato de abrirla pero esta se resistió; tenía cuatro seguros por dentro.
        Achlys, ¿nos harías el favor? – dijo con una amplia sonrisa casi burlona haciendo una reverencia con su brazo libre.
        ¿Algo más que desees?– preguntó sarcástica mientras se acercaba a la puerta y dejaba salir de sus labios su melodía.
        Pues ahora que lo mencionas, si quiero algo más. La ronda de bebidas que me debes – el oráculo soltó una carcajada.
Me parecía incomprensible como podían estar tan calmados ante los sucesos que habían ocurrido hace menos de una hora. El solo recuerdo de aquel uniformado negro me daba escalofríos.
Tras la transparente superficie una silueta humanoide se aproximaba a la puerta. Tardé un poco en entender que sucedía; el mortal se encontraba poseído por el canto de Achlys. El robusto hombre saco de uno de sus bolsillos unas llaves y una a una fue abriendo las cerraduras.  
Entramos, tras dormir al humano, y nos encaminamos hacia el barandal frente a nosotros. El centro comercial consistía en tres niveles de gran longitud bordeado de miles de tiendas de ropa, zapatos y tiendas departamentales. En todo el lugar identifique el palpitar de doce personas. Daniel nos tomo a ambas de la mano.
        Ya que estamos aquí vamos a aprovechar que no hay nadie  
Llegamos a las escaleras eléctricas, las cuales tuvimos que bajar de la forma tradicional ya que no estaban en funcionamiento. Nos detuvimos en algunos aparadores a ver los productos en exhibición y antes de retirarnos de uno que mostraba maniquís con vestidos de noche un fuerte tirón me hizo caer al suelo. El aparador estallo estridentemente dejando caer una lluvia de cristales sobre nosotros.
Levante la vista hacia arriba y me encontré con un nauta que preparaba dos flechas en su ballesta desde el piso superior. Daniel alzó los brazos hacia enfrente con las palmas extendidas en dirección de nuestro atacante y el familiar manto acuoso nos rodeo en semicírculo. Achlys me ayudó a incorporarme y me ordenó transfigurarme. Algunos pasos y exclamaciones se oían a lo lejos.
        Vallamos a mi departamento– susurró Daniel – a la cuenta de tres nos vamos por el pasillo izquierdo y salimos por las puertas de Fabricas de Francia ¿ok? –.
 El plan pareció factible hasta la cuanta de dos puesto que dos nautas nos cercaron ambos pasillos. Aquel trío no dejaba de dispararnos pese a darse cuenta de que las flechas no atravesarían la protección de Daniel.
        Plan B – se encogió de hombros.
        Haz lo que yo haga – me indicó Achlys.
E inhalando profundamente de su garganta liberó un grito atronador y agudo. La armonía estridente de aquel grito llevó a los nautas a soltar sus armas y a taparse los oídos. Y sin perder tiempo trate de secundar aquel truco vocal que nos podía salvar la vida.
La infraestructura explotó al ser casi en su totalidad de vidrio; los mosaicos, que adornaban los pasillos, se agrietaron periódicamente; los mostradores de madera fueron tronando lentamente hasta astillarse por completo y el metálico sostén del edificio protestó con incesantes chasquidos. No perdimos tiempo. Tomando cada una de los hombros a nuestro salvador alzamos vuelo. Hice lo posible por apoyar a mi compañera con la densidad del viento pero aún así sentí que nos faltaba velocidad.
De pronto una gran fuerza nos arrebato a Daniel de las garras y nos obligo a detenernos en seco. De alguna forma un cuarto nauta había saltado sobre nosotras desde los restos del techo logrando aferrarse a los tobillos de Daniel.
        ¡Vete, yo me encargo de este nauta, te vemos donde acordamos! – gritó con frustración Achlys a la vez que se lanzaba en picada donde ambos chicos se disputaban entre los escombros.
Intenté seguir el camino original pero los pasos acelerados de tres sujetos hacia el punto donde estaban mis amigos llegaron a mis tímpanos. No obstante no sabía qué hacer; quizás solo serviría de estorbo si regresaba o tal vez serian capturados por no haberlos ayudado. Sentí como las dudas y posibles escenarios me calcinaban la mente y me estrujaban el pecho. Todo estaba pasando tan de prisa. ¿Qué debía de hacer?
        ¿Cómo salimos de esta? – la pregunta de la sirena viajó por el aire hasta mí y fue suficiente para tomar una decisión.
Esperaba que mis recuerdos de este lugar no me traicionaran ahora y que el escudo oracular pudiera retener el ataque de los encapuchados. Cerca de donde estaba, en el primer piso, encontré el establecimiento que buscaba. La tienda de mascotas o al menos lo que quedaba de ella.
Al ser la protección de la entrada una reja de metal la mayoría de los animales se encontraban dentro haciendo un gran barullo. Con mis patas aprisione los barrotes de la reja y jale con todas mis fuerzas para abrirla. Tras varios intentos la cortina metálica por fin se desprendió. Los animales cautivos salieron en todas direcciones; no importaba. Necesitaba la ayuda de seres más inteligentes y con los cuales podía comunicarme. Me obligue a tener confianza por una vez y extrañamente supe que lo lograría. Canté con ahínco en la lengua madre de todas las aves y estas, saliendo de entre los restos de la tienda, se reunieron a mí alrededor creando un mar de plumas multicolor respondiendo con sus diversas melodías a mi llamado.
Una descarga de energía y libertad embargó mi ser. Ahora entendía la magnitud de mi poder y mi tiempo. Esto era ser una sirena.
En un coro que sabía, era el más bello del mundo, me enfrente a mis miedos y volé a salvar a mis amigos.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Cantos de Sirena (parte 1) Canto de huida.

Todos se agitan rítmicamente de un lado a otro. La música electrónica llena el ambiente. Varios chicos me han invitado a bailar y aún así, siento cierto vacío en el antro: Queer Queen es uno de los establecimientos más prestigiosos de la Zona Rosa. Al menos para la comunidad gay.
        ¿Vas a quedarte ahí toda la noche? –  me preguntó Daniel.
        Es lo más factible –  respondí con desgana.
El acompañar a Daniel en sus aventuras por escandalosos bares por toda la ciudad es algo que, en condiciones normales, no hago. Sin embargo hoy es diferente.  Antes del amanecer, Josué, el mejor amigo mortal de Daniel, murió tras una complicación postoperatoria. Por esa razón Melanea y yo lo acompañábamos por enésima vez  en una de sus noches de luto.
Desde las seis de la tarde hemos estado saltando de antro en antro sin un rumbo fijo. Daniel siempre ha dejado claro que durante este tipo de noches  su propósito es ponerse ebrio, y, si tiene suerte, conseguir un ligue pasajero. Anteriormente nos habíamos preocupado por las consecuencias de este libertinaje, pero después del quinto mortal,  que por su muerte, decidía hundir su dolor en diversión y sexo, la preocupación se había esfumado. Muy pronto encontraría a otro chico a quien considerar su mejor amigo y su actual miseria sería otro recuerdo lejano.
Tras suplicarme con esa cara, a la que sabe que no le puedo decir que no, accedí a bailar. Pasó aproximadamente una hora, en la que nos movimos al son de las canciones, para que Melanea convenciera a nuestro amigo de cambiar de aire.
Los tres salimos del bar rumbo a la calle Madero. Según facebook se había abierto un nuevo bar llamado El portal.
Tratamos de apresurarnos a llegar al estacionamiento ya que, según Daniel, todavía era temprano y apenas estaba mareado. En un humano, posiblemente, treinta y siete martinis y veinte vodkas podrían provocarle un coma etílico, pero en uno de nosotros apenas si nos dejaba el aliento a alcohol. No era para menos, tres mil años de vida como mínimo, nos habían hecho más resistentes a diversas sustancias.
Al subir al auto de Melanea la brisa marina nos inundó los pulmones. Se notaba que era demasiado joven para cubrir por completo las huellas que la podían delatar, aún así le estaba agradecida por recordarme mi hogar. Como extraño el vivir en la costa. La plática durante el viaje fue banal pero curiosamente relajante. No tardamos mucho en llegar a nuestro destino.
La entrada hacía honor a su nombre. Una gran puerta circular de diseño futurista daba la idea de ser alguna especie de máquina del tiempo. Daniel tomó del brazo a Melenea y se propusieron entrar mientras que yo me quedé atrás.
        ¿No vienes? – me preguntaron casi al unisonó.
Negué con la cabeza. Me encontraba fastidiada, además al día siguiente tenía que ir a trabajar al museo en una visita guiada con niños de primaria. Daniel hizo una mueca de disgusto y mi compañera me despidió agitando su brazo libre. Les sonreí.
El ondear de las banderas de un hotel cercano, el claxon de algún auto perdido en el Zócalo, el constante golpeteo de unos pasos sobre la acera y la conversación de una joven por su celular eran los sonidos más próximos que pude captar. Por el castañeo de los dientes de un pordiosero que abrazaba su abrigo fuertemente, supe que hacía frío. La verdad ya no recordaba lo que era esa sensación.
Observando su postura y su ceño sentí que debía de ayudarle o al menos brindarle calma. Me acerque a aquel hombre y comencé a cantarle mientras me sentaba a un par de metros de él. Hacía mucho que no usaba mi voz para afectar a un ser humano. Con el fluir de las notas de mi garganta su temblor se fue disipando al mismo tiempo que sus párpados lo inducían a un descanso ilusorio. Instintivamente callé.
Uno de los sonidos, aquellos pasos en específico, no estaban bien. Trataban de acercarse sigilosamente. Agudicé el oído. La cantidad de aire que entraba a sus pulmones me hizo identificarlo como un hombre no mayor de los veinticinco años; el mínimo sonido entre sus parpados me demostró que miraba fijamente y las ondas sonoras que evocaban fricción me llevaron a la conclusión de que sostenía algo metálico.
De pronto los pasos cesaron sin razón aparente. ¿Qué había pasado? Las risas de una pareja de mediana edad me sacaron de mi concentración. Por un momento quise creer que me había imaginado todas aquellas resonancias, pero mi débil explicación se desvaneció al oír en la cuadra próxima la voz de mi perseguidor.
        En cuanto pasen estos idiotas, serás mía, sirena
No sabía si su intención fue el que lo escuchara o sólo le había dado la connotación de segunda persona para aumentar el drama en su propia mente. No me quedé a averiguarlo. En cuanto los dos mortales pasaron por mi lado me levanté y eché a correr con la mayor velocidad de la que era capaz. La inhalación abrupta en el pecho de aquel nauta me informó que lo había tomado por sorpresa. Sólo cinco pasos fueron suficientes para tomar velocidad y saltar al aire.
Mis brazos se extendieron mientras los poros de mi cuerpo daban paso a las pardas plumas. Mis cuerdas vocales se afinaron de una forma antinatural en el mundo humano. Las articulaciones de mis piernas se invirtieron entre fuertes chasquidos y los dedos de mis pies se volvieron garras aviares. El roce del viento me hizo recordar que en esta forma estaba completa, que ahora me sentía yo misma.
Agité enérgicamente mis extremidades para llegar a una mayor altura. La carrera del nauta llegó a mis tímpanos. Tenía que ser más veloz si quería salvar mi vida, desde Londres tenia la experiencia de que  cuando te transfigurabas los nautas comenzaban a disparar una lluvia de flechas de hierro.
Me faltaba poco para llegar a la punta de la torre latinoamericana cuando un par de flechas me sorprendieron a mi costado derecho. No las había podido oír con normalidad. Tal parecía que se habían dedicado a mejorar sus armas en los quinientos años que separaban mi último encuentro con un nauta de la actualidad.
Giré en el aire para poder ver de frente la calle. La silueta se movía rápidamente para darme alcance. Tomé todo el aire que me permitían mis pulmones y canté fuertemente tratando de entrar en su mente y disuadirlo de sus intenciones. Las ventanas de la calle vibraron con mis notas y el viento se arremolino sobre el obscuro encapuchado.
Sin embargo, fuera de un pequeño tambaleo de su parte y de que pareció desorientarse por un momento, no ocurrió nada de lo que debía pasar. Me sentí vulnerable ante mi futuro homicida. No era posible que aquel nauta fuera resistente a mi canción. ¿Qué estaba pasando?
En mi desconcierto, el descendiente de navegantes apunto nuevamente su ballesta y disparó. Traté de elevarme pero algo me dijo en mi interior que no podría escapar. Había reaccionado muy lentamente. Cerré los ojos.
Un sonido electrizante retumbó delante de mí. Abrí lo ojos y me encontré con un manto casi acuoso que mantenía suspendidos ambos dardos detrás de su superficie.
        Un gracias será suficiente – se burló Daniel.
Lo busqué con la mirada. Daniel mantenía su brazo derecho extendido en mi dirección y el otro sostenía un vaso de extraños colores con hielo. A su lado, completamente transformada, me saludaba Melenea. Ambos ocupaban el lugar de honor del mirador de la torre latinoamericana.
        Recuerda que me debes una ronda – y aquel risueño oráculo se terminó de un solo trago la extraña bebida fluorescente.