lunes, 6 de diciembre de 2010

Canto de Sirena (parte 4) Canto de adiós

Nota: Dedicado a JAMEs,  por que Gabriel se queda corto a tu lado. Si algún día lees esto... mmm.... lo pensaré si es que pasa.
Silbar a través de los callejones de Paris hubiera sido una experiencia más gratificante en otras circunstancias, quizás si salíamos de esta podría disfrutar de esta visión aérea como es debido. Uno de nuestros perseguidores apareció delante de mí. Me dirigí hacia él soplando fuertemente y girando a su alrededor con el fin de envolverlo en una nube de polvo. La fuerza que proyecté lo lanzo en contra de uno de los ventanales de la residencia cercana. Perdió el conocimiento.  
Sobre mi cuello sentí el frio tacto de unos dedos. Debían de ser de Daniel. Pese a ser parte de la naturaleza como efecto de mi sybile, aún podía percibir las sensaciones de mi cuerpo. Los fríos dedos llegaron hasta mi nuca y repasaron la inscripción en griego προβολή, que significaba “proyección”.
Admito que si no hubiera sido por Delfos, el oráculo con el sybile para ver el futuro próximo, yo nunca hubiera comprendido la magnitud del poder que encerraban mis inscripciones. Gracias a aquel oráculo había entendido que la palabra que los oráculos tenemos tatuada  representa todas las ramificaciones de su significado, es decir, que todo lo que implicara esa palabra ya fuese en un plano real o etéreo era posible para nosotros.
Desde que adquirí ese conocimiento había pasado de proyectar mis pensamientos en imágenes ilusorias a proyectar mi alma fuera de mi cuerpo en forma de potencias naturales. No sin cierta práctica cabe mencionar.
Un par de nautas vigilaban una pequeña plaza. Uno mantenía un arco tensado sobre la fuente central y el otro sostenía el mango de su espada aún guardada en su funda. Me acerqué hacia la fuente y deje que mi esencia entrara en unión con el agua. La liviandad y velocidad, equiparable al del pensamiento, del aire se vio remplazada por la pesadez y fluidez del agua dentro de aquella fuente.
Haciendo gran uso de concentración permití que mi actual consistencia se volatizara, creando una ligera niebla que gradualmente se espesó.
        ¿De donde viene esta maldita niebla? – preguntó el nauta más alejado de la fuente desenvainando su espada.
El segundo nauta se encogió de hombros. Pronto la visibilidad se hizo imposible. Lentamente formando pequeños hilos de líquido subí por la piedra que formaba mi recipiente y alcance las piernas del joven. Al parecer la adrenalina en su sistema por su vulnerabilidad visual le impidió sentir el agua recorrer su piel. Al llegar a su cabeza me enrosque en su garganta y comencé a estrangularlo. Instintivamente llevó sus manos hacia el anillo de agua que le cortaba la respiración, soltando el arco, mientras exhalaba frenéticamente tratando de gritar.
El sonido hueco del arco y la flecha férrea al caer alertaron al segundo nauta y sus pasos atropellados me avisaron de su proximidad. La falta de oxígeno hizo desvanecerse al primer nauta y calló dentro de la fuente. Solo me faltaba uno. Sin ser tan sigiloso como antes arremoliné el vapor de agua en el hombre provocándole un ataque de tos y una sensación de pesadez.
Lo dirigí rápidamente hacia la fuente y, como el mar se retrae en la costa llevándose la arena, el agua arremetió contra el pobre individuo, que inútilmente blandía su espada en todas direcciones, arrastrándolo hacia el interior de la poza. Me introduje en sus pulmones sacando cualquier rastro de aire. Al salir del agua y retomar al viento como mi corporeidad ambos cuerpos permanecieron en el fondo.
De repente la sensación de ser arrastrado proveniente de mi cuerpo me sorprendió, la única razón por la cual Daniel hubiera decidido moverse de aquel escondite era que lo hubieran descubierto. Emprendí el camino hacia donde le había encomendado mi cuerpo para poder salir de él.
A Daniel lo conocía desde hacía cinco años. De todos los oráculos con los que alguna vez me había topado él poseía uno de los sybile con más potencial para explotar; Προστασία, la protección.   No obstante, aunque no me lo habia revelado, Daniel era un Pitia y eso podía causarle problemas con el dominio y desarrollo de su sybile.
 Dos calles hacia el sur de la ciudad del punto donde lo había dejado, encontré a Daniel en un callejón cerrado delante de mi cuerpo con los brazos extendidos. Tres nautas arremetieron en contra de mi joven amigo. Sin embargo aquel trió no pudo hacerle daño a Daniel, las flechas y las espadas se topaban con una barrera invisible a centímetros de su persona.
Buscando ayudar a Daniel me introduje en la esencia de la tierra bajo las baldosas del callejón agrietando con un gran estruendo el suelo y las paredes próximas. El sobresalto se expandió por el rostro de los encapuchados. Asiendo uso de los fragmentos de las baldosas forme una silueta humanoide y arremetí contra ellos.
En poco tiempo los tres hombres quedaron inconscientes delante de mí. El rostro de Daniel se adornó de una amplia sonrisa y se bajó los brazos en señal de cansancio. Si hubiera tenido facciones aquel rostro terreo hubiera imitado su gesto.
Me determiné a retomar mi cuerpo pero al desmoronar mi actual estructura sentí una carga de tensión en el ambiente notable. Solo una entidad podía originar aquel cambio tan radical y estaba seguro de que dos oráculos como nosotros no podríamos salir vivos de esta. Traté de voltear a ver  Daniel para hacerle alguna señal de que tuviera cuidado y que utilizara el poder de la inscripción sobre su pecho pero una gran fuerza estalló mi cuerpo de roca y expulso mi anima hacia el viento.
Entré en mi cuerpo lo más rápidamente que pude e incorporándome tomé de los hombros a Daniel para obtener su atención.
        Huye Daniel – mi voz sonaba quebrada – los distraeré lo más posible asi que huye.
        Pero… – se encontraba confundido y consternado – ¿Qué está pasando?
        Sólo vete – lo zarandé – prométeme que obedecerás.
Los azules ojos de Daniel se humedecieron mientras hacia la promesa. Temía no volverlo a ver y lo abracé fuertemente siendo esta la última vez que podría hacerlo.
        Confía en mí.
Fueron las últimas palabras que pude decirle puesto que un vendaval de nautas apareció con la misma velocidad que las ratas aparecen al caer un mendrugo de pan. Abandoné mi cuerpo nuevamente y me posesione de las paredes detrás de nosotros. La tierra volvió a retumbar distrayendo a los nautas. Daniel sostenía mi cuerpo fuertemente mientras sus lágrimas humedecían mi ropa. Retraje los ladrillos de la pared creando una especie de entrada en el edificio. Daniel besó mi mejilla y susurró una despedida en mi oído. Desapareció dentro de aquel boquete y lo sellé.  
        Sabio de tu parte salvar a ese Pitia, pero ¿realmente crees que podrá huir de mí Gabriel? ¿O prefieres tu verdadero nombre, Galen?
De entre la multitud una silueta femenina surgió cubierta por una túnica inmaculada. Calíope no había cambiado en lo más mínimo en estos siglos. Una sonrisa surcó su cara y la fuerza de la musa impactó contra mí.
Desperté sobresaltado. El sudor helado recorría mi frente y espalda. El aire quemaba mis pulmones por la velocidad con la que respiraba. Dejé que mi ritmo cardiaco regresara a la normalidad lentamente. Nuevamente no sabía si era demasiado tarde o muy temprano. El dolor en mis muñecas por los grilletes me recordó donde estaba. Una celda destinada a esperar que mi voluntad se quebrara y accediera a entregar mi sybile.
Leocadio, el oráculo de la celda siguiente, alumbró el lugar con la palma de sus manos y me preguntó si todo estaba bien. Lo tranquilicé con una respuesta vana y volví a recostarme en el duro suelo. La luz se desvaneció.
Lo único que me mantenía con cordura era aquella sensación que me habían provocado los labios de Daniel y sus últimas palabras antes de partir. Te amo.
  

Cantos de siren (parte 3) Canto de Dudas

Los gritos de sorpresa impregnan el aire a nuestra espalda mientras las veloces aves atacan a nuestros perseguidores. Melenea había descubierto una habilidad antigua de las sirenas que muy pocas aún poseían. La lengua ancestral de las aves. Achlys no conocía aquel dialecto. Quizás ahora, como mencionan los mortales, el alumno superaba al maestro.
Un séquito de aves, en el que reconocí cuatro guacamayas, una cacatúa y un sinnúmero de periquitos australianos, nos cubrían en una nube multicolor mientras tratábamos de llegar a mi departamento. La idea de Melenea de confundirnos en una parvada merecía su mérito. En unos minutos el familiar edificio anaranjado de balcones rebosantes de vegetación y grandes ventanales apareció frente a nosotros. Descendimos en la terraza y dando un respiro nos dejamos caer al suelo. La adrenalina aún recorría mi cuerpo y estaba seguro de que mis amigas sentían lo mismo. Las incontables aves se distribuyeron entre las plantas y el juego de mesa y sillas con sombrilla que usaba en verano para asolearme.
Una de las guacamayas chilló mientras se tambaleaba en el respaldo de una silla. Al mirar sus ojos detenidamente me pareció notar aquel brillo intelectual del ser humano.
        Dice que se quedarán para asegurarse de que estamos bien y que… – la mirada de Melenea se enfocó en mí ­– es de mala educación ver detenidamente a los ojos a alguien sin su consentimiento.
Los tres nos reímos. La guacamaya nos dio la espalda indignada. Mantener el buen humor en cualquier situación era una de mis reglas doradas. Me incorporé limpiándome los pantalones y arreglándome la camiseta.
        Ahora declaro oficialmente abierta nuestra reunión para decidir si nos quedamos o nos vamos a otro continente – dije abriendo la puerta deslizable para que entraran. Junto con ellas algunas aves que no conocía también entraron.
Dejé la puerta abierta por si alguien más deseaba entrar. Ambas tomaron asiento en el sofá central y yo fui por algo de beber. No sabía ellas pero yo tenía una sed que me podría acabar el lago de Chapultepec (siempre y cuando purificaran el agua que contenía). Llevando una jarra con agua de naranja del día anterior y tres vasos sonó el timbre. El sonido me sobresaltó y en un intento de no tirar el agua se me calló uno de los vasos. Estalló en el piso de azulejo. El timbre volvió a sonar.
Achlys se me acercó para ayudarme con mi carga llevándola a la mesa de centro. Sin pensarlo mucho abrí la puerta. Antes de procesar quien estaba enfrente una pregunta atropellada surgió de los labios del individuo:
        ¿Está todo bien, Daniel? Oí que algo de cristal se rompía
Los cambiantes ojos de Cristian me intimidaron. Su extraordinario parecido con Gabriel seguía sorprendiéndome y no de manera grata.
        Eh… hola Cristian… – comencé a ponerme nervioso – todo está bien – pese a mi respuesta trató de vislumbrar el interior de mi hogar para corroborar mis palabras.
        ¿Estás seguro? – salí del departamento cerrando la puerta tras de mí.
        Completamente – Su seño me mostró su poco convencimiento en mis palabras.
Debo de admitir que Cristian era bastante apuesto para ser un mortal cualquiera. Tenía una melena ondulada castaña, labios delgados, nariz recta, barbilla cuadrada y unos ojos que se disputaban entre ser avellana, azules o grises. Este último rasgo, cabe destacar, era lo único que diferenciaba su rostro del de Gabriel puesto que los suyos eran azul ultramar. Como extrañaba a Gabriel.
Sabía que si continuaba divagando en aquel nombre al que le atribuía más valor que sentido me desmoronaría de un momento a otro y eso no me lo podía permitir. Me había prometido desde que se llevaron a Gabriel que jamás volvería a mostrarme débil frente a nadie. Decidí enfocarme en el presente.
        Y… ¿qué te trae a mi puerta? – el semblante de mi atractivo vecino palideció.
        Bueno… pues yo… – metió sus manos en los bolsillos de su pantalón – venía a verte… y a preguntarte…  
        ¿Sí? – lo incité a seguir.
Sabía muy bien a qué había venido, de todos mis aprendizajes durante el último par de siglos el tono de una declaración no había cambiada en absoluto. El tiempo también me enseñó que la única razón por la que atraía a los mortales era el magnetismo de mi sybile. Quizás esa era una de las razones por las que no quería traspasarlo, no quería que se acabara el constate cortejo.
        Si… – hizo una pausa dando una larga inhalación – ¡¿Te gustaría salir conmigo?! – soltó casi gritando.
        Pues… – su rostro enrojecido y sus párpados fuertemente cerrados me hicieron sonreír. Deje pasar algunos segundos para aumentar la tensión. Me encanta el drama.
Sin embargo antes de poder responderle una oscura silueta surgió del fondo del pasillo, de la escalera de servicio para ser exactos, y sin perder tiempo nos apuntó con su ballesta. Presionó el gatillo. Dejé fluir la energía que se contenía en mi pecho a través de mis brazos.
Reaccioné muy tarde. Ambas flechas superaron mis reflejos y habían impactado en Cristian. Su grito se expandió por todo el edificio. Calló. Todo pareció detenerse. Y sin poder evitarlo los recuerdos se abrieron paso en mis retinas.
Sostenía el cuerpo inerte de Gabriel. Sus facciones eran serenas y la inscripción de su sybile sobre su nuca, donde se leía Προβολή, resplandecía con intensidad…