Los gritos de sorpresa impregnan el aire a nuestra espalda mientras las veloces aves atacan a nuestros perseguidores. Melenea había descubierto una habilidad antigua de las sirenas que muy pocas aún poseían. La lengua ancestral de las aves. Achlys no conocía aquel dialecto. Quizás ahora, como mencionan los mortales, el alumno superaba al maestro.
Un séquito de aves, en el que reconocí cuatro guacamayas, una cacatúa y un sinnúmero de periquitos australianos, nos cubrían en una nube multicolor mientras tratábamos de llegar a mi departamento. La idea de Melenea de confundirnos en una parvada merecía su mérito. En unos minutos el familiar edificio anaranjado de balcones rebosantes de vegetación y grandes ventanales apareció frente a nosotros. Descendimos en la terraza y dando un respiro nos dejamos caer al suelo. La adrenalina aún recorría mi cuerpo y estaba seguro de que mis amigas sentían lo mismo. Las incontables aves se distribuyeron entre las plantas y el juego de mesa y sillas con sombrilla que usaba en verano para asolearme.
Una de las guacamayas chilló mientras se tambaleaba en el respaldo de una silla. Al mirar sus ojos detenidamente me pareció notar aquel brillo intelectual del ser humano.
– Dice que se quedarán para asegurarse de que estamos bien y que… – la mirada de Melenea se enfocó en mí – es de mala educación ver detenidamente a los ojos a alguien sin su consentimiento.
Los tres nos reímos. La guacamaya nos dio la espalda indignada. Mantener el buen humor en cualquier situación era una de mis reglas doradas. Me incorporé limpiándome los pantalones y arreglándome la camiseta.
– Ahora declaro oficialmente abierta nuestra reunión para decidir si nos quedamos o nos vamos a otro continente – dije abriendo la puerta deslizable para que entraran. Junto con ellas algunas aves que no conocía también entraron.
Dejé la puerta abierta por si alguien más deseaba entrar. Ambas tomaron asiento en el sofá central y yo fui por algo de beber. No sabía ellas pero yo tenía una sed que me podría acabar el lago de Chapultepec (siempre y cuando purificaran el agua que contenía). Llevando una jarra con agua de naranja del día anterior y tres vasos sonó el timbre. El sonido me sobresaltó y en un intento de no tirar el agua se me calló uno de los vasos. Estalló en el piso de azulejo. El timbre volvió a sonar.
Achlys se me acercó para ayudarme con mi carga llevándola a la mesa de centro. Sin pensarlo mucho abrí la puerta. Antes de procesar quien estaba enfrente una pregunta atropellada surgió de los labios del individuo:
– ¿Está todo bien, Daniel? Oí que algo de cristal se rompía
Los cambiantes ojos de Cristian me intimidaron. Su extraordinario parecido con Gabriel seguía sorprendiéndome y no de manera grata.
– Eh… hola Cristian… – comencé a ponerme nervioso – todo está bien – pese a mi respuesta trató de vislumbrar el interior de mi hogar para corroborar mis palabras.
– ¿Estás seguro? – salí del departamento cerrando la puerta tras de mí.
– Completamente – Su seño me mostró su poco convencimiento en mis palabras.
Debo de admitir que Cristian era bastante apuesto para ser un mortal cualquiera. Tenía una melena ondulada castaña, labios delgados, nariz recta, barbilla cuadrada y unos ojos que se disputaban entre ser avellana, azules o grises. Este último rasgo, cabe destacar, era lo único que diferenciaba su rostro del de Gabriel puesto que los suyos eran azul ultramar. Como extrañaba a Gabriel.
Sabía que si continuaba divagando en aquel nombre al que le atribuía más valor que sentido me desmoronaría de un momento a otro y eso no me lo podía permitir. Me había prometido desde que se llevaron a Gabriel que jamás volvería a mostrarme débil frente a nadie. Decidí enfocarme en el presente.
– Y… ¿qué te trae a mi puerta? – el semblante de mi atractivo vecino palideció.
– Bueno… pues yo… – metió sus manos en los bolsillos de su pantalón – venía a verte… y a preguntarte…
– ¿Sí? – lo incité a seguir.
Sabía muy bien a qué había venido, de todos mis aprendizajes durante el último par de siglos el tono de una declaración no había cambiada en absoluto. El tiempo también me enseñó que la única razón por la que atraía a los mortales era el magnetismo de mi sybile. Quizás esa era una de las razones por las que no quería traspasarlo, no quería que se acabara el constate cortejo.
– Si… – hizo una pausa dando una larga inhalación – ¡¿Te gustaría salir conmigo?! – soltó casi gritando.
– Pues… – su rostro enrojecido y sus párpados fuertemente cerrados me hicieron sonreír. Deje pasar algunos segundos para aumentar la tensión. Me encanta el drama.
Sin embargo antes de poder responderle una oscura silueta surgió del fondo del pasillo, de la escalera de servicio para ser exactos, y sin perder tiempo nos apuntó con su ballesta. Presionó el gatillo. Dejé fluir la energía que se contenía en mi pecho a través de mis brazos.
Reaccioné muy tarde. Ambas flechas superaron mis reflejos y habían impactado en Cristian. Su grito se expandió por todo el edificio. Calló. Todo pareció detenerse. Y sin poder evitarlo los recuerdos se abrieron paso en mis retinas.
Sostenía el cuerpo inerte de Gabriel. Sus facciones eran serenas y la inscripción de su sybile sobre su nuca, donde se leía Προβολή, resplandecía con intensidad…
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